Manos y Obras

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MANOS  Y  OBRAS

La conocida expresión “mano de obra” viene a significar ni más ni menos que sin manos no hay obra, por esa misma razón y no de otras palabras procede también la de “ponerse manos a la obra.”  Siguiendo con este razonamiento rápidamente llegamos, por lógica, a inferir que sin albañil no hay edificio, ni estación ni estadio que se ponga en pié. Del mismo modo que sin músicos no hay música, y sin escritores ni libros ni diarios, sin el trabajo de cada profesional nada en absoluto funcionaría en esta sociedad tal como está montada. Por lo tanto éste es el verdadero punto de inflexión mediante el cual el estado de las cosas está siempre supeditado al grado de conciencia que los trabajadores tengan de este hecho consumado, esto es; de la capacidad solidaria de cada uno de nosotros.

En principio, si mal no recuerdo, el estado que formamos en la actualidad funciona bajo un gobierno socialista y por lo tanto deberían ser los intereses de los trabajadores los que prevalecieran sobre cualquier otro, entendiendo y atendiendo al ciudadano en cuanto productor de riqueza, no como mero súbdito del poder o de la oligarquía financiera. El caso es que hoy en día el cariz dominante de la cuestión tiene más que ver con la consideración del individuo visto como consumidor. Esto tampoco se aleja mucho de los hechos reales pero, con todo, resulta una verdad imponderable que el ciudadano es el consumidor de productos u obras elaborados, generados y creadas por otros tantos trabajadores como él. De este modo debería ser un gobierno que los representa el que velara por la estabilidad de los precios, así como de la calidad de todos y cada uno de los servicios; especialmente de los servicios sociales. Un estado que presume de ser laico y solidario debe dar ejemplo de ello, adelantándose a la caridad, ejerciendo la justicia social ante todo, como primer objetivo.

Sin embargo, según vengo informándome en las calles, y también gracias a este diario y a diferentes medios de comunicación, la cuestión de la supervivencia para todos se está poniendo cada día más difícil, en particular para los más desfavorecidos; esto es, para aquellos ciudadanos sin trabajo o con un salario a todas luces insuficiente para cubrir las necesidades básicas. Según se dice, el fin último de la cultura es saber ponerse en el lugar de los demás. Esta clase de principios éticos se ha venido divulgando durante las últimas legislaturas, por lo visto no con suficiente énfasis. Se hace preciso volver a insistir en esta cuestión, que en gran parte tiene que ver con la educación pública y no tanto con la deportiva o la religiosa, aunque al fin ambas comparten en esencia la misma beatería. Siempre estamos a tiempo de quitarnos la venda, aunque es tan aburrido pensar….

Lamentablemente no hay peor ciego que quien no quiere ver. Por lo visto es preferible que este tipo de cosas, incluso la muerte y la miseria, ocurran en el mundo virtual de las pantallas. De todas formas en este mudo de zombies no parece interesar demasiado cuál pueda ser la diferencia entre el sueño y realidad. La respuesta está, entre otros muchos sitios, en la novela Dune: no se trata de ser el elegido, ni un príncipe ni un mito: basta con tomar conciencia y actuar con valentía. El dragón que hemos de eliminar vive dentro: el miedo y la indiferencia. La riqueza que más brilla supone la categoría moral de nuestro ánimo, personas de iguales derechos y obligaciones los unos con los otros, con toda la fuerza social que este vínculo lleva consigo.

Manos y obras se publicó en el Diario Levante.

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